Efectos de los Agroquímicos en la Salud

Efectos de los Agroquímicos en la Salud
}

12 Dec, 2018

COMPARTIENDO

Admin

Argentina

Este artículo nos muestra algunos de los efectos más graves de los agroquímicos en la salud, para que podamos opinar con datos reales.

La salud deberá enfrentar por mucho tiempo los efectos de los venenos agroquímicos sobre el ambiente y los animales que formamos parte de él. El agricultor va a entender tarde y mal que la ecuación económica de los agroquímicos no se sustenta en el tiempo y va dejar secuelas terribles sobre los campos y sobre su propia familia.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que cada año se producen 25 millones de intoxicaciones por venenos agroquímicos en el mundo, y alrededor de 20.000 muertes provocadas por ellas, calculándose que el 99% ocurren en las naciones “en desarrollo”, como las nuestras.

Un pueblo que tiene alterada su fecundidad y su desarrollo sexual, inhibida su capacidad de absorber nutrientes vitales para su correcto desarrollo físico e intelectual no requiere ni siquiera tecnología militar de última generación para ser vencido, controlado y esclavizado. Vivimos en un sistema en el que desde otro lugar se decide no solo qué se va a producir y comercializar sino además de qué van a enfermar y morir los habitantes de los países emergentes. Es necesario, entonces, conocer para prevenir estas patologías derivadas del uso de venenos sin precaución.

Pretender, una vez mas, que los actores políticos, que son los que tienen el poder de decisión, no fueron advertidos de la catástrofe en ciernes solo tendrá sentido si quienes denunciamos estos problemas no usamos todas las herramientas que la realidad pueda poner a nuestro alcance para que la gente conozca el riesgo a que está expuesta y haga su elección en libertad. Porque solo puede hablarse de libertad de elección cuando el elector tiene la posibilidad de acceder a toda la información, en forma absoluta y veraz. No es demasiado absurdo suponer que con una información completa de los hechos y sus consecuencias las decisiones de la gente del campo serían diferentes.

Pero además, los gobiernos sucesivos, deberán tener la madurez y la responsabilidad de implementar políticas agropecuarias coherentes que sean económicamente rentables pero, a la vez, ecológicamente sostenibles.

La industria de los agroquímicos ha tenido su desarrollo creciente después de la segunda guerra mundial y tuvo su cenit con la revolución verde, cuando como respuesta al desarrollo capitalista la gestión del ecosistema fue sacar el máximo producto a los cultivos, llevando a la pérdida de un capital genético y cultural necesario, poniendo a producir a toda máquina a las industrias de venenos para el agro, permitiendo el florecimiento de los grandes emporios transnacionales. Pero la aplicación de estos insumos sintéticos, variedades mejoradas, pesticidas y demás han creado graves problemas, no solo en el deterioro del suelo y del ecosistema en general, sino también en la economía del agricultor, traduciéndose esto en incrementos cada vez mayores en costos de producción en los diferentes cultivos, y en costos de salud.

Veamos los efectos de algunos de los agrotóxicos más comunes:

El glifosato

El glifosato es un herbicida sistémico que actúa en post-emergencia y en barbecho químico (preparación del suelo con herbicidas previo a la siembra directa), no selectivo, de amplio espectro, usado para matar plantas no deseadas como pastos anuales y perennes, hierbas de hoja ancha y especies leñosas. El glifosato es un ácido, pero es comúnmente usado en forma de sales. Al principio se lo catalogó como levemente tóxico para ir posicionándolo en categorías más peligrosas a medida que su uso demostraba sus efectos. Es mas peligroso por vía dérmica (piel) o inhalatoria (respirado) que por ingestión, muy irritante para las membranas mucosas, especialmente ojos y boca. Sus efectos sobre los ojos hicieron que Agencia de Protección Medioambiental lo reclasificara como muy tóxico.

En humanos, los síntomas de envenenamiento incluyen irritaciones en la piel y en los ojos, náuseas y mareos, edema pulmonar, descenso de la presión sanguínea, reacciones alérgicas, dolor abdominal, pérdida masiva de líquido gastrointestinal, vómito, pérdida de conciencia, destrucción de glóbulos rojos, electrocardiogramas anormales y daño o falla renal. Están probados sus efectos carcinogénicos y de alteración reproductiva en animales. Por otro lado, los residuos presentes en los cultivos consumidos como alimento tienen un potencial tóxico muy difícil de evaluar dado que las víctimas no se presentan como pacientes expuestos a fumigaciones.

Es importante resaltar que este producto facilita la aparición de malezas resistentes que crecen sin competencia dada la eliminación del resto, y que deberán ser fumigadas con productos de toxicidad creciente. Se ha reportado en Dinamarca, donde su uso está muy extendido, una capacidad de filtración hacia las fuentes de agua potable muy superior a la esperada.

El glifosato no atraviesa las membranas como la piel, por ello requiere de productos que actúan como transportadores para que puedan penetrar en plantas y animales. Estos productos, como la polietilendiamina (POEA) tienen toxicidad propia además de multiplicar la del herbicida y se notan sus efectos especialmente a nivel de las mucosas como la conjuntiva ocular. Se considera que el transportador que lleva un conocido herbicida comercial es el causante principal de la toxicidad de su formulación. El POEA tiene una toxicidad aguda más de tres veces mayor que la del glifosato, causa daño en el aparato digestivo y al sistema nervioso central, problemas respiratorios y destrucción de glóbulos rojos en humanos. Además está contaminado con 1-4 dioxano, el cual ha causado cáncer en animales y daño a hígado y riñones en humanos.

La formulación del famoso herbicida al cual nos referíamos tiene además algunos “ingredientes inertes” que en realidad son también altamente tóxicos. He aquí algunos de ellos y sus efectos sobre la salud, según el Doctor Jorge Kacksewer, docente de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires:
Sulfato de amonio: Irritación de los ojos, náusea, diarrea, reacciones alérgicas respiratorias, daño irreversible en exposición prolongada.
Benzisotiazolona: Eccema (irritación de la piel con costras), fotorreacción en individuos sensibles.
3-yodo-2-propinilbutilcarbamato: Irritación severa de los ojos, mayor frecuencia de aborto, alergia en la piel.
Isobutano: Náusea, depresión del sistema nervioso, dificultad en la respiración.
Metil pirrolidinona: Irritación severa de los ojos, aborto y bajo peso al nacer en animales de laboratorio.
Acido pelargónico: Irritación severas de piel y ojos, irritación del tracto respiratorio.
Polioxietileno – amina (POEA) : Ulceración de los ojos, lesiones en la piel (eritema, inflamación, exudación, ulceración), náusea, diarrea.
Hidróxido de potasio: Lesiones irreversibles en los ojos, ulceraciones profundas en la piel, ulceraciones severas del tracto digestivo, irritación severa del tracto respiratorio.
Sulfito sódico: Irritación severa en ojos y piel, vómitos y diarrea, alergia en la piel, reacciones alérgicas severas.
Acido sórbico: Irritación en la piel, náusea, vómito, neumonitis química, daño en la garganta, reacciones alérgicas.
Isopropilamina: Sustancia extremadamente cáustica de membranas mucosas y tejidos de tracto respiratorio superior. Lagrimeo, laringitis, jaquecas severas, náusea.

El 2-4-D

Es uno de los productos que intervienen en lo que se conoce como barbecho químico. No es otro que el agente naranja. Este producto, junto al 2-4–5-T y mezclado con gas oil u otro hidrocarburo fue utilizado durante la guerra de Vietnam por el ejército de EE.UU., devastando las selvas. Los dos herbicidas (2-4-D) y (2-4-5-T) tienen una estructura química similar. Destruyen las plantas de “hoja ancha”, pero no las gramíneas (hierbas y cereales). Son, por esto, muy utilizadas como herbicidas en cultivos de arroz.
La maldición de Vietnam y del agente naranja, acompañó a los soldados estadounidenses de regreso a sus casas produciendo cáncer y atrocidades genéticas sobre su descendencia. En el propio Vietnam se estima que alrededor de 500.000 niños han nacido con alteraciones incompatibles con la vida, fruto de las fumigaciones de la guerra.

El Endosulfan

Actúa como disruptor endocrino, es decir como una sustancia química que suplanta a las hormonas naturales, bloqueando su acción o elevando sus niveles, trastornando los procesos normales de reproducción y desarrollo y provocando efectos de símil estrógeno en los animales. Es decir, produciendo en niños una feminización que ya es habitual para los profesionales de los hospitales infantiles más importantes en Argentina, que encuentran una alta incidencia de ginecomastia (desarrollo de mamas) en varones que han sido expuestos a fumigaciones o bien al consumo de soja como alimento, o a ambas cosas. De la misma manera, en niñas, la aparición a destiempo de hormona sexual femenina o su imitador provoca desarrollo sexual anticipado con aumento del riesgo de patologías malignas del tracto genital.

Los Disruptores Endocrinos: alterando el sistema hormonal

Dos libros, Primavera silenciosa y Nuestro futuro robado, denuncian que productos químicos artificiales se han difundido por todo el planeta, contaminando prácticamente a todos sus habitantes, cualquiera sea su especie. Presentan pruebas del impacto que dichas sustancias sintéticas, como por ejemplo endosulfán, tienen sobre las aves y demás fauna silvestre. Los disruptores endócrinos son delincuentes de la información biológica que destruyen la comunicación entre el cerebro y los órganos causando toda clase de estragos. Dado que los mensajes hormonales organizan muchos aspectos decisivos del desarrollo, desde la diferenciación sexual hasta la organización del cerebro, las sustancias químicas disruptoras hormonales representan un especial peligro antes del nacimiento y en las primeras etapas de la vida.

Los efectos de los disruptores endocrinos varían de una especie a otra y de una sustancia a otra. Sin embargo, pueden formularse cuatro enunciados generales:

  • Las sustancias químicas disruptoras pueden tener efectos totalmente distintos sobre el embrión, el feto o el organismo perinatal que sobre el adulto;
  • Los efectos se manifiestan con mayor frecuencia en las crías (hijos), que en el progenitor que fue expuesto al envenenamiento;
  • El momento de la exposición en el organismo en desarrollo es decisivo para determinar su carácter y su potencial futuro;
  • Aunque la exposición crítica tiene lugar durante el desarrollo embrionario, las manifestaciones obvias pueden no producirse hasta la madurez.

Se ha descubierto que cantidades insignificantes de estrógeno libre pueden alterar el curso del desarrollo en el útero; tan insignificantes como una décima parte por billón. Las sustancias químicas disruptoras endocrinas pueden actuar juntas y cantidades pequeñas, aparentemente insignificantes, de sustancias químicas individuales, pueden tener un importante efecto acumulativo. Causa gran preocupación la creciente frecuencia de anormalidades genitales en los niños, como testículos no descendidos (criptorquidia), penes sumamente pequeños e hipospadias, un defecto en el que la uretra que transporta la orina desde la vejiga, no se prolonga hasta el final del pene. En zonas como la soyera en Argentina donde se emplea el endosulfan y otros venenos, se han registrado un alto número de casos de criptorquidias. Algunos estudios con animales indican que la exposición a sustancias químicas hormonalmente activas en el periodo prenatal o en la edad adulta aumenta la vulnerabilidad a cánceres sensibles a hormonas, como los tumores malignos en mama, próstata, ovarios y útero. Entre los efectos de los disruptores endocrinos está el aumento de los casos de cáncer de testículo y de endometriosis, una dolencia en la cual el tejido que normalmente recubre el interior del útero se desplaza al abdomen, los ovarios, la vejiga, los intestinos o los pulmones, provocando crecimientos que causan dolor, copiosas hemorragias (ya que este tejido depende de las hormonas y sangra con el ciclo menstrual femenino), infertilidad y otros problemas como mortalidad perinatal y embarazo anembrionado. Esta última patología es verdaderamente sorprendente. Consiste, ni mas ni menos, en un embarazo en el que, luego de producida la fecundación, se forma una placenta, una bolsa de aguas, pero no hay bebé. Generalmente, este producto es expulsado al segundo o tercer mes de gestación sin secuelas importantes desde el punto de vista físico. Pero si imaginamos la situación de salud mental de una joven pareja que pretende construir su familia y fracasa reiteradamente por esta patología, entenderemos que el embarazo anembrionado no es tan benigno como se ve a simple vista. La endometriosis afecta hoy a cinco millones de mujeres estadounidenses, cuando a principios del siglo veinte era una enfermedad prácticamente desconocida.

El signo más espectacular y preocupante de que los disruptores endocrinos pueden haberse cobrado ya un precio importante se encuentra en los informes que indican que la cantidad y movilidad de los espermatozoides ha caído en picado en el último medio siglo. El estudio inicial, realizado por un equipo danés encabezado por el doctor Niels Skakkebaek y publicado en el Bristish Medical Journal en septiembre de 1992, descubrió que la cantidad media de espermatozoides había descendido un 45 por ciento, desde un promedio de 113 millones por mililitro de semen en 1940 a sólo 66 millones por mililitro en 1990. Al mismo tiempo, el volumen del semen eyaculado había descendido un 25 por ciento, por lo que el descenso real de los espermatozoides equivalía a un 50 por ciento. Durante este periodo se había triplicado el número de hombres que tenían cantidades extremadamente bajas de espermatozoides. En España se ha pasado de una media de 336 millones de espermatozoides por eyaculación en 1977 a 258 millones en 1995. El descenso amenaza la capacidad fertilizadora masculina. De continuar la tendencia actual, dentro de 50 años los hombres podrían ser incapaces de reproducirse de forma natural, teniendo que depender de las técnicas de inseminación artificial o de la fecundación in vitro.

Consideraciones finales

Las normas actuales que regulan y permiten la comercialización de productos químicos sintéticos son inadecuadas. Se han desarrollado sobre la base del riesgo de cáncer y de graves taras de nacimiento y calculan estos riesgos a un varón adulto de unos 70 kilogramos de peso. No toman en consideración la vulnerabilidad especial de los niños antes del nacimiento y en las primeras etapas de vida, y los efectos en el sistema hormonal. Las normas oficiales y los métodos de prueba de la toxicidad evalúan actualmente cada sustancia química por sí misma. En el mundo real, encontramos complejas mezclas de sustancias químicas a las que se agregan los insecticidas domiciliarios, los conservantes agregados a los alimentos y diferentes tipos de radiaciones a que nos somete el hecho de vivir rodeados de aparatos electrónicos, nunca hay una sola.

Los fabricantes utilizan las leyes de protección de secretos comerciales para negar al público el acceso a la información sobre la composición de sus productos. Con 100.000 sustancias químicas sintéticas en el mercado en todo el mundo y 1.000 nuevas sustancias más cada año, hay poca esperanza de descubrir su suerte en los ecosistemas o sus efectos para los seres humanos y otros seres vivos hasta que el daño esté hecho. Una política adecuada para reducir la amenaza de las sustancias químicas que alteran el sistema hormonal requiere la prohibición inmediata de plaguicidas como el endosulfan o el glifosato.

La agricultura ecológica, sin plaguicidas y otras sustancias químicas, es la única alternativa sostenible, el único modelo que logra elevar los niveles de producción de alimentos y eliminar la necesidad del uso de estas toxinas artificiales.

Bibliografía

  • Elsa Nivia. Efectos sobre la salud y el ambiente de herbicidas que contienen glifosato.
  • The Ecologist. Agente Naranja: el envenenamiento de Vietnam.
  • José Santamaría. La amenaza de los disruptores endocrinos.
  • T. Colborn, Dianne Dumanoski, y John Peterson Myers. Nuestro futuro robado (1997); Ecoespaña y Gaia-Proyecto 2050, Madrid.
  • T. Colborn y C. Clement, eds.(1992). Chemically Induced Alterations in Sexual and Functional Development: The Wildlife-Human Connection, Princeton Scientific Publishing, Princeton, New Jersey. 
- Soto, A.M., K.L. Chung, and C. Sonnenschein (1994). “The pesticides endosulfan, toxaphene, and dieldrin have estrogenic effects on human estrogen-sensitive cells”. Environmental Health Perspectives 102:380-383. 
- J. Toppari et al., “Male Reproductive Health and Environmental Xenoestrogens,” Environmental Health Perspectives, Agosto 1996. 
- R. Bergstrom et al., “Increase in Testicular Cancer Incidence in Six European Countries: a Birth Cohort Phenomenon,” Journal of the National Cancer Institute, vol. 88, pp. 727-33 (1996). 
- Carlsen, A. Giwercman, N. Keiding y N. Skakkebaek (1992), “Evidence for Decreasing Quality of Semen During Past 50 Years”, British Medical Journal 305:609-13.-

Tomado del libro LA SOJA, LA SALUD Y LA GENTE, por el Dr. Darío Roque Gianfelici
Médico General y Familiar, Especialista en Geriatría

Fotografías: Stephen Sherwood

Me dedico a diseñar y desarrollar sitios web para clientes a través de LINK4MEDIA, la empresa que creé en 2010. Admin

ARTÍCULOS RECIENTES

¿Es rentable la Agroecología?

¿Es rentable la Agroecología?
}

12 Dec, 2018

COMPARTIENDO

Javier Carrera

Ecuador

Los agroecólogos sostienen que pueden igualar o superar la rentabilidad del monocultivo con agroquímicos. Este artículo nos presenta dos estudios de caso para profundizar en el tema.

Lo hemos escuchado tantas veces. Cuando describimos las ventajas de la agroecología sobre el cultivo convencional, alguien siempre nos menciona el tema de la rentabilidad económica. Simplemente, nos dicen, el cultivo agroecológico no es rentable.

Evidentemente, este es un tema fundamental. Pocos productores pueden darse el lujo de producir cultivos que no puedan comercializar con ganancias económicas directas, y por ello el prejuicio de que el cultivo agroecológico no es rentable probablemente ha sido el principal freno a su expansión. Pero, ¿cuanta verdad hay en ello?
En este artículo vamos a analizar dos casos en las Provincias de Loja y Cotopaxi en Ecuador, que seguramente tienen mucho en común con casos similares en otros países del continente.

Caso 1: Sur de Loja

En octubre de 2008, una veintena de campesinos de las zonas de Paletillas y Zapotillo (sur de la Provincia de Loja, Ecuador) se reunieron para analizar los costos de producción del maíz convencional versus el agroecológico. El taller fue convocado por promotores de proyectos agroecológicos que la Fundación Heifer Ecuador y la Fundación COSV manejaban en la zona. Los resultados dejaron asombrados a más de uno. Pero antes de pasar a las cifras, es necesario analizar la situación general del cultivo en esta región.
Loja es una provincia altamente deforestada, y gran parte de la zona sur, de tierras bajas y climas cálidos, se encuentra en un avanzado proceso de desertificación. El bosque seco, natural de la zona, ha sido reemplazado por monocultivos, principalmente de maíz. La roza y quema y el uso de agrotóxicos van destruyendo la vida del suelo, mientras la maquinaria agrícola a la vez pulveriza y compacta la tierra. Cada año, la erosión va volviendo inútil una mayor cantidad de tierras. Por ello desde hace décadas Loja lidera los índices de emigración. Los lojanos están repartidos por el Ecuador y el mundo, pero en su provincia, una de las mayores del país, apenas quedan unas 500.000 personas.
El limitado régimen de lluvias y la incapacidad del suelo agotado para retener nutrientes y humedad hace que solo se le pueda arrancar una cosecha de maíz al año. El ciclo del maíz dura cuatro meses, y es el único cultivo de importancia comercial en la zona.
La semilla de maíz, que se compra en almacenes agrícolas, pertenece principalmente a la variedad Brasilia 8501, un híbrido, preferido para la elaboración de balanceados en las granjas avícolas en la vecina provincia de El Oro. Aunque la publicidad y los técnicos aseguran producciones promedio de 120 quintales por hectárea, los participantes señalaron que en realidad no se saca más de 100, a veces menos.

 

COSTOS
En este análisis de los costos de producción se trató de incluir todos los costos, hasta la piola usada para cerrar los sacos al final de la cosecha, para tener una visión realista del conjunto. Los costos y ganancias se cualcularon para una hectárea de cultivo:

Como podemos observar, se gastan $275 en abono químico y biocidas, y $200 en su aplicación, sumando la aplicación de agroquímicos $475, o el 46.7% del costo de producción.

Para el análisis de los costos de producción agroecológicos se eligió el maíz Manabí Antiguo, una variedad local muy popular hasta hace unas décadas. Se trata de un maíz duro, de mazorca y granos grandes. Los granos son amarillos, con una pintita roja; ocasionalmente salen mazorcas completamente rojas. El Manabí Antiguo se usa principalmente en la alimentación humana, aunque puede usarse también para balanceado.

Se consideró para este cuadro un cultivo agroecológico de tipo tradicional, apoyado por fríjol zarandaja (Lablab purpureus) y zapallo (Cucurbita moschata o C. maxima), sin aplicación de compost o bioles. La semilla, en el ciclo tradicional de cultivo, proviene de la misma finca, y el trabajo para prepararla está incluido en los costos de desgrane.
Como podemos ver, el costo de producción es menor, invirtiendo apenas el 53% del costo del cultivo convencional.

 

GANANCIAS
Pasemos a las ganancias. En el cultivo convencional, en la fecha en que se realizó este levantamiento de datos, la ganancia promedio era la siguiente:

Las familias participantes necesitan en promedio un mínimo de $300 mensuales para sobrevivir, de modo que necesitan sembrar al menos 20 hectáreas de monocultivo para cubrir sus necesidades mínimas, con el impacto ecológico que eso representa.
Muchos productores tratan de sembrar al menos 50 hectáreas, para lograr una mayor ganancia. No pocos alquilan tierra para poder aumentar la superficie de siembra, a un costo de $100 por hectárea… lo que reduce las ganancias en los terrenos alquilados a $83 por hectárea al año.
En este cálculo se debe considerar la acumulación de deudas que la mayoría de las familias tienen, que absorben una buena cantidad de las ganancias. En un año bueno, se pagan algunas deudas, se invierte en bienes o servicios, y rara vez se logra ahorrar algo. En un mal año, de los que lamentablemente abundan, se incurre en más deudas.
Para iniciar el ciclo de cultivo, muchos acuden a prestamistas locales (ilegales), quienes son la fuente principal de crédito para la compra de insumos. Aunque se espera que esta práctica cambie, en parte gracias a la intervención del estado, la raíz del problema sigue intacta: la inversión en insumos externos es muy alta, y es dinero que fuga de la economía local, al ser invertido en productos industrializados que vienen de fuera.
Frente a estos datos, los productores de la tercera edad que se encontraban presentes en el ejercicio no hacían más que asentir, alguno dijo “así mismo es la vida”. Pero entre los jóvenes había asombro. Muchos no habían realizado nunca este cálculo de producción. Uno de ellos, enojado, expresó; “¡con razón somos pobres, pues!”
A continuación realizamos el cálculo de ganancias para el cultivo agroecológico. Cabe indicar que el maíz Manabí Antiguo produce apenas 66 quintales por hectárea, 34 menos que el Brasilia, argumento que es usado por los técnicos que promueven el uso del modelo agroquímico, y que resulta ser muy cierto. Pero el cuadro de ganancias del sistema agroecológico nos reserva más de una sorpresa:

Aún considerando solamente el maíz, la ganancia es mayor (792 – 541 = 251 dólares más) Pero el maíz tradicionalmente no se siembra solo, siempre va acompañado de una o más leguminosas trepadoras (frijol o zarandaja) y cucúrbitas (sambo o zapallo), aumentando considerablemente la cantidad de alimento producido en el mismo espacio, y con la misma inversión monetaria y de mano de obra. Una vez en el mercado, la venta de zapallos y zarandajas aumenta las ganancias en $400 por hectárea, dando el resultado de $651 por hectárea al año.
Usando este sistema, una familia de la zona necesitaría apenas 5,5 hectáreas para cubrir las mismas necesidades básicas. Y con un sistema que en lugar de degradar el suelo y el ecosistema, los regenera.

Fréjol en Cotopaxi

En septiembre de 2010 se realizó un levantamiento similar de datos, esta vez en el cantón Pangua, en la provincia de Cotopaxi. Participaron productores de las comunidades El Empalme y Pinllo Pata, asociados a un proyecto donde la Red de Guardianes de Semillas y la Fundación Verdeazul brindaron apoyo técnico, gracias al aporte de la asociación española Entrepueblos. El cultivo emblemático en la zona es el frijol, variedad canario local, trepador, que se siembra en monocultivo. Los costos de producción en media hectárea fueron los siguientes:

El periodo de cultivo es de 7 meses, de siembra a cosecha. Los agrotóxicos y su aplicación suman $55, o el 4.5% del costo, gracias al uso de abono de gallina y a la resistencia natural de la variedad campesina utilizada. En este sistema se utilizaron en total 17 jornales, representando la mano de obra el 7% del costo de producción, y generando $85 de ganancia para los trabajadores. Dividido para 28 semanas, esto significa que el sistema genera $3 semanales para la población local, aparte de lo que gana el dueño.
Lo que resulta chocante en este esquema es el gasto en estacas, utilizadas para dar soporte al frijol. En el cultivo ancestral es el maíz el que da soporte al frijol canario, tal como vimos en el caso agroecológico de Loja. Pero la lógica del monocultivo convencional, y su dependencia en insumos, hace que se invierta en deforestar, preparar y colocar unas estacas que en 7 a 10 meses habrán terminado su vida útil. Las estacas representan el 49% del gasto total.

Al no existir en la zona un cultivo agroecológico orientado al frijol, se realizó la comparación con una finca integral agroecológica. La Finca de la señora Rosa Marcalle se ubica en la comunidad Pinllo Pata, y tiene una extensión cultivada de 5.000 m2. Doña Rosa vende directamente en ferias de la zona, donde acude semanalmente. Estos fueron los datos en cuanto a costos semanales de producción:

Como podemos ver, no hay costos de insumos. La preparación de semillas, suelo y abonos se incluye en el rubro Cultivo. En este sistema, la mano de obra representa el 55% del costo, generando $80 de ganancia semanal para la población local, y pagando el doble por jornal que en el caso convencional. Se trata de dinero que se queda en la zona. Los costos de producción son 3 veces mayores que en cultivo convencional.
Veamos ahora las ganancias. El año 2010 fue malo en la venta de frijol en la zona. Los precios del mercado causaron un efecto negativo que lamentablemente es muy común en los emprendimientos productivos latinoamericanos:

Es decir, los productores salieron a pérdida. A ello hay que añadir que no todos los productores consiguieron el promedio de 20 quintales de frijol en media hectárea.

Las ganancias de la finca agroecológica fueron:

Esta pequeña finca agroecológica produce alrededor de $328 mensuales de ganancia final en media hectárea. A ello habría que sumar el ahorro en aquellos alimentos que se usan en autoconsumo. Y Doña Rosa provee a la población local con una alimentación sana y diversa, en lugar de exportar fuera de la zona un solo producto saturado de químicos.

Otros Costos, Otras Ganancias

El error más importante de la economía moderna es que tiene una visión muy limitada de lo que es riqueza. Trabaja con materias primas, productos elaborados y transacciones virtuales, pero no considera muchos de los factores que nos hacen seres humanos, y que hacen de este planeta un lugar apto para la vida. Por ello no podemos decir que sea una economía real. Es claramente, una forma virtual de ver el mundo, y que está poniendo en riesgo nuestra capacidad de supervivencia.

La economía del futuro, la que nos permita sobrevivir en un mundo cambiante y de recursos limitados, tendrá una visión mucho más amplia, crítica y compleja de los costos reales de la producción convencional que ha dominado en las últimas seis décadas. Tomará en cuenta costos como estos:

  • Gastos médicos de la familia debido a efectos de los agrotóxicos en la piel, en el sistema digestivo, en el sistema nervioso, y especialmente en el sistema hormonal.
  • Contaminación de las fuentes de agua, disminuyendo el acceso de la población a agua adecuada para el consumo humano, generando problemas de salud y causando grave afectación al ambiente.
  • Disminución del abastecimiento hídrico, debido a la deforestación y a las malas prácticas de riego.
  • Disminución de la fertilidad del suelo, y destrucción de su estructura, provocando un avance de la desertificación y el abandono de tierras agotadas.
  • Disminución de la biodiversidad y de la biomasa, provocando el colapso de los ecosistemas locales, lo cual afecta finalmente al mismo cultivo y a la calidad de vida de la población.
  • Inversión energética en relación a la energía producida. En el modelo norteamericano, que hoy por hoy el mundo se esfuerza en imitar, se invierte en promedio hasta 5 calorías de energía, provenientes principalmente de derivados del petróleo, para producir una sola caloría de alimentos.

Estos costos los paga hoy en día no solo la familia campesina, sino la sociedad en general. Cuando una tierra es abandonada debido a que las malas prácticas productivas la han dejado inservible, incapaz de sostener la vida, ¿como podemos hablar de rentabilidad económica?
De igual manera, la economía del futuro tomará en cuenta aquellas ganancias de la agroecología que van más allá de lo monetario:

  • Aumento paulatino de la fertilidad del suelo, que permite aumentar la producción, y la diversidad de especies cultivadas, año a año.
  • Aumento en la absorción y retención de agua en el terreno, mejorando la capacidad productiva y la recarga de los acuíferos en la zona. El agua además sale limpia del sistema productivo, lista para otros usos.
  • Reducción en gastos de salud para la familia.
  • Aumento de la biodiversidad y la biomasa. Control autónomo de plagas y enfermedades vegetales.
  • Generación de fuentes de empleo.
  • Fortalecimiento de la economía local, gracias a un intrincado conjunto de transacciones locales generadas a partir de la comercialización directa.
  • Mejora general en la calidad de vida.

¿Es rentable la producción agroecológica? Aunque los datos aquí presentados necesitan ser complementados con estudios similares, desde ya nos indican algo importante. La agroecología no solamente puede ser rentable de acuerdo a los cánones actuales, sino que además genera una forma mucho más completa de rentabilidad: la sostenibilidad a largo plazo, y el mejoramiento de las condiciones de vida, para todos los seres que habitan la Tierra.

Fuentes

  • Investigación de campo: Rogelio Simbaña, Javier Carrera y campesinos de las zonas estudiadas.
Javier Carrera es el fundador de la Red de Guardianes de Semillas (www.redsemillas.org), donde ejerce como Coordinador Social. Javier Carrera

ARTÍCULOS RECIENTES

La Vida nace en la Semilla

La Vida nace en la Semilla
}

6 Dec, 2018

COMPARTIENDO

Javier Carrera

Ecuador

Semilla ancestral, híbridos, transgénicos, propiedad intelectual. Qué son y como afectan nuestro futuro alimentario.

Hay muchos debates en el mundo hoy en día. Tantos, que a veces los más esenciales pasan casi desapercibidos. El que se da en torno a la semilla, por ejemplo. ¿Qué mismo es la semilla? ¿A quién pertenece? ¿Quién debe controlarla? ¿Qué significa calidad en la semilla?
Son temas esenciales. ¿Por qué? Pues porque de la semilla proviene algo esencial para nuestra vida: el alimento. Además de medicinas, fibras naturales, materiales de construcción, entre otros recursos necesarios. Sin semillas, no podemos sobrevivir.
El tema de la semilla es muy amplio. Empecemos por lo más básico:

¿Qué es la semilla?

La semilla es aquello que sirve para multiplicar la vida. Esa es su función esencial, su razón de ser.
Según los botánicos solo las semillas sexuales de las plantas deben ser llamadas así. Pero la definición ancestral es mucho más amplia: son semillas por ejemplo el trozo de rama de yuca que sirve para reproducir asexualmente dicha planta, o el animal seleccionado para ser reproductor. Todo aquello que reproduce la vida, merece ser llamado semilla.
Las semillas cultivadas son de muchos tipos diferentes. Han sido domesticadas miles de especies vegetales en el mundo, cada una con decenas a cientos de variedades distintas. ¿Cómo fue que se llegó a esta increíble diversidad? Quizá un ejemplo nos ayude a comprenderlo mejor.

La selección ancestral

Hace unos 4500 años llegó a los andes una nueva planta, procedente de México. Era un maíz muy primitivo: una mazorca de canguil (maíz reventón, canchita) que no llegaba a los 10 centímetros de largo, con apenas cuatro hileras de granos. Los agricultores de la costa andina le cogieron cariño y empezaron a cultivarlo.

De vez en cuando en la chacra de maíz aparecían plantas con mazorcas un poco más grandes. Esta mutación agradó a los agricultores, que inmediatamente empezaron a promoverla, guardando grano solo de aquellas plantas que presentaban esta característica y sembrándolo aparte. Gracias a esta práctica, con el tiempo, mazorcas cada vez más grandes hicieron su aparición. Aquellos agricultores que comprendían mejor a las plantas, y gustaban de las semillas, trabajaron con paciencia a lo largo de generaciones; seleccionando cuidadosamente cada año, mezclando distintas variedades para ver qué sucedía, descartando lo que no valía y volviendo a sembrar con la esperanza de conseguir algo especial, algo nuevo. Nuevas mutaciones surgían, y aquellas que parecían útiles eran promovidas. Así fueron surgiendo distintos tipos de maíz, y así fue como se logró aumentar el número de hileras, el tamaño de la mazorca, y el tamaño de los granos.
Comerciantes, parientes y amigos fueron llevando estas variedades de maíz hacia los valles interiores, y luego hacia las montañas y el callejón interandino. En cada pequeño valle, los hombres y mujeres que amaban trabajar con las semillas fueron adaptando el maíz a las características de su zona, siguiendo diferentes criterios de selección, propios de cada persona y lugar.
Así viajó el maíz, de mano en mano, desde México a los Andes, de la costa a la montaña; de regreso a México y de México a Norteamérica. Cuando los europeos llegaron a las Américas, el maíz que encontraron era el grano más versátil y productivo creado por la humanidad, con varios miles de variedades de formas, colores, durezas, resistencias, adaptaciones, sabores, colores y tamaños.
Esta labor requirió del aporte de miles de guardianes y guardianas de semillas, a lo largo de cientos de años. Cada una de estas personas fue imprimiendo su huella en la riqueza genética del maíz, y es eso lo que hizo tan versátil y poderosa a esta planta.

Fue este mismo proceso de paciente selección el que creó, en distintos puntos del planeta, a todas las plantas de cultivo que hemos heredado. Millones de guardianes de semillas, trabajando a lo largo de miles de años, crearon la diversidad de alimentos que hoy consumimos. La ciencia moderna no ha podido domesticar ni una sola nueva especie para la canasta mundial.
Detente ahora por un momento y piensa en un cultivo cualquiera, alguna hortaliza, grano, raíz o fruta que te guste mucho, y trata de imaginar las generaciones de manos, de rostros, de vidas humanas que trabajaron para que ese alimento llegue así a ti.

Uniformidad y diversidad

En la naturaleza, las plantas tienen una elevada diversidad genética. Esto es como tener, cada planta, una enorme biblioteca donde están escritas muchas posibilidades para las generaciones siguientes. Así, cuando una planta da semillas, cada una de sus hijas será muy diferente de las otras. Esto es una parte esencial de la evolución: las condiciones alrededor cambian continuamente, y a los seres vivos nos conviene ser muy diversos y presentar muchas respuestas diferentes a estas condiciones cambiantes. Las poblaciones que no son diversas genéticamente pierden capacidad de adaptación, y acaban desapareciendo.
Pero cuando queremos cultivar y consumir un producto alimenticio, esta gran diversidad puede dificultarnos la tarea. Una muy elevada diversidad genética puede significar que al sembrar no estemos seguros de lo que cosecharemos. Por ello, un aspecto fundamental de la selección ha sido llegar a un compromiso con la especie vegetal, donde ella renuncia a parte de la diversidad genética que la hace resistente para poder darnos con fidelidad el producto que esperamos. A cambio, nosotros le ayudamos a propagarse, y le protegemos de las cosas malas que pueden pasarle por haber disminuido su capacidad de auto protegerse. La selección para el cultivo es siempre un proceso de uniformización genética. 

El conflicto viene cuando uniformizamos en exceso. Esto lo comprendieron hace mucho tiempo quienes trabajaban con las semillas. Se puede ir transformando la planta para que se parezca cada vez más a un ideal humano, por ejemplo forma, tamaño o productividad, pero mientras más uniforme sea la planta, mientras más cerca este de ese ideal, más débil se volverá. El final de ese camino es la muerte del cultivo, al no poder evolucionar y adaptarse al medio.
Por esta razón, la selección ancestral campesina favoreció una danza, un vals entre la uniformidad y la diversidad. Primero uniformizo, llevando el cultivo hacia mi visión. Después diversifico, permitiendo o provocando cruzamientos que le darán más fuerza y resistencia al cultivo. Después debo seleccionar nuevamente, uniformizando de acuerdo a mi ideal; y luego nuevamente diversificar. Esta semilla, a la que llamaremos semilla campesina o tradicional, nunca es muy uniforme genéticamente. Gracias a este proceso, el cultivo adquiere continuamente la diversidad genética necesaria, y evoluciona sin problemas, con niveles de producción adecuados en relación a su entorno. Se trata de una danza eterna, que jamás debe detenerse.

La selección en laboratorio

Desde los inicios de la agricultura hasta la década de 1960 millones de campesinos en el mundo participaban en esta selección, mejoramiento y diversificación de semillas, sin descanso, cada año. Gracias a ello la humanidad contaba con una enorme selección de semillas robustas, muy productivas, y de gran calidad nutricional, adaptadas al medio. Y fuer así hasta que apareció la semilla ligada al paquete tecnológico de la agricultura industrial, y en pocos años la mayoría del campesinado dejó de seleccionar sus semillas. Así de simple. Repentinamente ese proceso milenario y tan necesario, se detuvo. Frenó a raya.
Y en los 50 años siguientes, hemos perdido el 70% de las variedades de semillas que heredamos de nuestros ancestros.

Para poder expandir el paquete tecnológico de la revolución verde, las empresas crearon nuevas semillas adaptadas a los agroquímicos, usando un proceso parecido al de la selección ancestral campesina. Pero con diferencias muy importantes: en lugar de ocurrir en condiciones reales de campo, la selección moderna se realiza en laboratorios y campos de prueba con condiciones artificiales, controladas, “ideales”. En lugar de responder a los gustos y necesidades de una población diversa, esta selección responde a las necesidades de la industria. Y en lugar de ser seleccionada por millones de campesinos que la cultivarán, esta semilla es seleccionada por un puñado de técnicos que jamás la sembrarán para subsistir.
El resultado de esta nueva forma de selección es la semilla industrial, y sus defectos saltan a la vista. Aunque en condiciones artificiales puede ser más productiva por un tiempo, es muy uniforme, y por lo tanto débil en condiciones reales de campo. Es incapaz de evolucionar adecuadamente y adaptarse a las cambiantes condiciones ambientales. Su productividad baja rápidamente, en pocos años. Los productos que de ella emergen han sido diseñados para soportar maltrato durante la cosecha, manejo y transporte, y aparentar estar en buen estado cuando llegan a la estantería del supermercado. Son todos muy vistosos y grandes, de piel brillante, pues estas son características que le interesan a la industria. Pero en cambio suelen ser desabridos, duros y muy inferiores en calidad nutricional. No responden a la cultura, gustos y necesidades de la población a nivel local, ni tampoco a las condiciones ambientales de cada lugar.
Estas nuevas semillas se suelen publicitar como milagros de la técnica moderna. Pero en realidad, la mayoría pudieron haber sido creadas en el pasado por los campesinos, pues las técnicas básicas son similares; si aquellos no lo hicieron, fue por evadir la trampa de la excesiva uniformización. Esa es la sabiduría que la técnica moderna ignora, llevando las semillas industriales hacia extremos de uniformidad genética que la hacen verdaderamente insostenible. Se trata de una semilla que solo puede subsistir gracias al soporte de la industria agroquímica, y que aún con toda esa ayuda es productiva solo por unos pocos años, debiendo ser reemplazada continuamente con nuevas variedades de laboratorio que el productor se ve obligado a comprar. A la industria esta falta de capacidad vital no le molesta: al contrario, representa mayores volúmenes de ventas, y más dependencia por parte de los agricultores.

¿Qué son los híbridos?

Cuando hablamos de híbridos, generalmente nos referimos a la hibridación artificial realizada por los centros de investigación y la industria. Esa es la semilla híbrida que compramos en los almacenes agrícolas.
Pero existe también una hibridación natural. Para comprenderla, debemos primero recordar lo que son especies y variedades: una especie está compuesta por individuos que se pueden cruzar y producir descendencia fértil. Los perros se pueden cruzar, por ejemplo, sin importar sus diferencias en color o forma, y por tanto todos los perros pertenecen a la misma especie. Las diferencias en forma, color o tamaño dentro de la especie definen a las razas (en el caso de los animales) y las variedades (en el caso de los vegetales).
Cuando dos razas o variedades distintas se cruzan, se produce la hibridación. Mientras más distintas sean entre sí estas variedades, más fuerte será la hibridación, y más robusto será el individuo resultante, al que los científicos llaman F1, o primera filial. En la siguiente generación, la F2, aparecerán rasgos de los padres y abuelos del híbrido. En la hibridación natural esto no es un problema, pues los padres y abuelos eran individuos fuertes; pero en la hibridación industrial, los padres y abuelos eran individuos extremadamente uniformes y débiles, y por eso la generación F2 no sirve para la producción. Es decir, de nada sirve tratar de salvar semilla de híbridos industriales.
Los F1 industriales tampoco duran mucho en el mercado. Al provenir de padres muy uniformes son débiles, y no pasa mucho tiempo antes de que plagas y enfermedades aprenden a atacarlos sin que se puedan defender. Al cabo de pocos años, ya no son viables productivamente.
La ventaja para la industria es enorme. Los híbridos se venden más caros, y generan una dependencia total, pues no sirve de nada guardar su semilla. Y son incapaces de subsistir sin agroquímicos, por lo que aseguran la comercialización de los mismos.

¿Y los transgénicos?

Los organismos genéticamente modificados, o transgénicos, merecen su propio artículo. En corto podemos decir que son organismos que han sido creados mediante la intrusión de material genético de una especie distinta. Un ejemplo real es el maíz BT: en él se han introducido genes de la bacteria Bacilus turingensis, capaz de matar a insectos. El maíz BT se ha vuelto así una planta insecticida.
Este tipo de cruza nunca se pudo dar en la naturaleza ni con los medios tradicionales de reproducción. Es el resultado de la moderna ingeniería genética, rama de la ciencia que está curiosamente desactualizada. Efectivamente, pues su base científica es el Determinismo Genético, doctrina que sostiene que cada rasgo en el organismo es determinado por un gen, y cada gen determina solamente un rasgo; así, construir genes debería ser algo tan sencillo como jugar con bloquecitos de lego. ¿Quiere que su hijo tenga ojos azules? ¡Pues introducimos en el embrión un gen de ojos azules, y ya está!
Pero desde hace ya varias décadas ha sido demostrado que esta idea es errónea, y que la realidad es mucho más compleja: varios genes participan en determinar cada rasgo, y cada gen suele participar en la determinación de distintos rasgos. Resulta imposible definir o prever los alcances de la manipulación genética. No existen pruebas científicas de que los transgénicos no representen un peligro a largo plazo para la humanidad, porque no puede haberlas; y por el contrario, con el pasar de los años se han ido acumulando pruebas del daño que hacen a la salud y al ambiente. Sin contar con las afectaciones sociales, económicas y legales que han causado. Por ello, cada vez más personas se oponen a su cultivo y evitan consumirlos.

Semillas y propiedad intelectual

Hoy en día un puñado de empresas dominan el mercado de las semillas: Monsanto, DuPont, Syngenta, Limagrain, Bayer. ¿Dónde hemos visto estos nombres? Efectivamente, en los productos agroquímicos, y en la industria farmacéutica. Es un círculo cerrado de intereses conexos. Para estas empresas las semillas representan un porcentaje pequeño de sus negocios; la mayor parte de su dinero proviene de la venta de los químicos. Y desean que todas las semillas que se venden en el mundo necesiten de los químicos, para así poder vender más.
Esta tendencia se ha ido reforzando con el paso del tiempo, a medida que las semillas han ido pasando del dominio público al privado. Durante la primera etapa de la agricultura industrial, los institutos de investigación semi autónomos (INIAP, INIA, ICA) tuvieron un rol muy importante en crear nuevas variedades industriales en cada país, facilitando así con apoyo estatal la expansión de la industria química privada de Norteamérica y Europa. En 1978 se realizó una reunión con representantes de estos institutos provenientes de muchos países, en un afán por establecer mecanismos de control en la línea de los derechos de propiedad intelectual (patentes) que se otorgan a los inventos como máquinas o equipos, para ayudar a los llamados “fitomejoradores” a auto financiarse. Aunque hubo en la época oposición basada en el principio de que las semillas son creación de la vida, y no invenciones humanas como las máquinas, se adoptó finalmente la idea de que las semillas podían ser objeto de patente en la medida en que el obtentor demostrase que su “creación” difería de manera evidente de la semilla tradicional. Se definió claramente que estos derechos no se aplicaban a la semilla campesina, que seguía perteneciendo a la humanidad. Todo esto fue expresado en el convenio denominado UPOV 78.
Pero en 1991 una nueva reunión, esta vez con representantes e influencia del sector industrial, cambió las reglas, abriendo la posibilidad de que cualquier semilla sea patentada. Un obtentor puede comprar una semilla campesina en un mercado de pueblo, y luego patentarla como invención suya, tal como sucedió con fréjoles mejicanos patentados por un obtentor estadounidense. Es más, el UPOV 91 define que los genes dentro de la semilla pueden ser patentados, de manera que cualquier semilla que a futuro contenga el gen patentado (por ejemplo porque una abeja cruzó tus plantas con las plantas del vecino) deberá pagar derechos al dueño de la patente, aunque la semilla en si sea diferente. Con estas reglas absurdas la gran industria ha empezado una estrategia de apropiación total de la semilla, a nivel global.
Un aspecto muy peligroso del UPOV 91 está en la obligación de los países firmantes de crear un sistema de registro nacional de semillas. Con el pretexto de “asegurar la calidad”, este sistema obliga a los productores de semilla a registrar sus variedades, con un costo elevado, en un Catálogo Nacional. Sólo las semillas registradas en este catálogo pueden ser comercializadas, intercambiadas y en general circular en el país. Para ingresar en el catálogo, las semillas deben cumplir con tres condiciones: tienen que ser Distintivas, Uniformes y Estables. Características que solo pueden tener las semillas industriales, pues las semillas naturales y las tradicionales son por el contrario Diversas, Inestables, Adaptables, y por tanto resilientes, sostenibles, asequibles.
Países como Francia y Colombia ya aplican estas reglas, confiscando semilla, destruyendo colecciones privadas y encarcelando a productores de semillas “no autorizadas”, es decir, de semillas tradicionales, campesinas, diversas genéticamente… toda semilla que no sea controlada por la industria se vuelve ilegal y sus guardianes, criminales. 

¿A quién pertenece la semilla?

Frente a esta extrema situación, muchos movimientos han surgido en el mundo para defender a la semilla, uniéndose a la declaración del movimiento Vía Campesina: la semilla es patrimonio de la humanidad, al servicio de los pueblos.

Es decir, la semilla es un bien común, pertenece a toda la sociedad, no debe ser privatizada. Es el fruto del trabajo intelectual y práctico de millones de personas, a lo largo de generaciones, no de un puñado de técnicos. Y su base es el mecanismo evolutivo creado por la Naturaleza, que no puede ser patentado para beneficio de un sector minoritario de científicos y empresarios.
De la semilla depende nuestro futuro, por eso debemos protegerla. No se pueden aplicar los criterios de “calidad” que maneja la industria a toda la semilla, pues representan solo sus intereses y ello nos llevaría a perder la diversidad que la semilla necesita para sobrevivir, y que la humanidad necesita para construir su futuro. La semilla es un bien común, como el agua o el aire. Su diversidad no solo es genética, también es cultural: en ella se guardan secretos gastronómicos, de salud, religiosos, identitarios de los pueblos. Y es esencial para crear las nuevas variedades vegetales capaces de sobrevivir al cambio climático.
La semilla es demasiado importante para abandonarla a manos de unos pocos técnicos, que ni siquiera dependerán de ella para vivir; debe ser sembrada y seleccionada nuevamente, año a año, por millones de manos en el mundo.
Esta lucha está siendo llevada por organizaciones campesinas, grupos de consumidores, y redes de guardianes, curadores, preservadores y custodios de semillas. En cada país del mundo han surgido iniciativas autónomas, de ciudadanos y ciudadanas que se preocupan por el futuro alimentario de la humanidad, un futuro en riesgo si la semilla deja de ser libre. Un futuro que podemos salvar si sostenemos con todas nuestras manos a las semillas.

Javier Carrera es el fundador de la Red de Guardianes de Semillas (www.redsemillas.org), donde ejerce como Coordinador Social. Javier Carrera

ARTÍCULOS RECIENTES